Los
Hijos del Rey
Por
Max Lucado
Había una vez hace mucho tiempo una aldea en un país muy parecido al tuyo. Y en esta aldea vivían cinco huérfanos. Ellos como una solitaria familia de niños huérfanos se habían unido para resguardarse contra el frió. Un día un rey se enteró del infortunio de los niños y decidió adoptarlos. Decretó que él sería el padre de ellos y planeó ir a buscarlos.
Toda
la gente del país pensó que era raro que el rey adoptara a esos niños. Él ya
tenía bastante gente que cuidar. ---- ¿Por qué los quiere el rey? --- se
preguntaba la gente. Pero el rey tenía sus razones.
Cuando
los niños supieron que tenían un padre nuevo, y que su padre era ‘’ el
rey’’ (¡nada menos!) y que él venía a visitarlos, se pusieron muy
contentos y felices.
Cuando
la gente de la aldea supo que los niños tenían padre, y que su padre era
‘’el rey’’, y que el rey venía a la aldea, también se entusiasmaron
grandemente. Fueron a ver a los niños para decirles lo que debían hacer.
---Ustedes tienen que impresionar al rey--- les decían----. Solamente
los que tienen grandes regalos que dar tendrán permiso para vivir en el
castillo. La gente no conocía al rey. Ellos suponían que todos los reyes querían
que los impresionaran.
Así
que los niños trabajaron por mucho tiempo y muy fuerte en la preparación de
sus ofrendas. Un niño, que sabía tallar, decidió darle al rey una maravillosa
obra de arte en madera. Asentó su cuchillo contra la suave corteza del olmo y
talló. Los bloquecitos de madera cobraron vida con los ojos de un gorrión o la
nariz de un unicornio.
Su
hermana decidió regalarle al rey una pintura que capturara la belleza de los
cielos ---una pintura digna de ser colgada en su castillo.
Otra
hermana eligió la música como manera de impresionar al rey. Ella practicó
durante largas horas con su voz y su mandolina. La gente de esa aldea se paraba
ante su ventana y escuchaba a medida que su música cobraba alas y se remontaba
alto.
Pero
había otro niño decidido a marear al rey con su sabiduría. Tarde en la noche
lo hallaban con su vela encendida y sus libros abiertos. Geografía. Matemáticas.
Química. La amplitud de su estudio era equiparada solamente por la profundidad
de su deseo. Seguramente que un sabio como el rey apreciaría todo su duro
trabajo.
Pero
había una niñita que no tenía nada que ofrecer. Su mano era torpe con el
cuchillo, sus dedos tiesos con el cepillo. Abría su boca para cantar, pero el
sonido era áspero. Era demasiado torpe para leer. No tenía talento. No tenía
regalo que dar.
Todo
lo que tenía para ofrecer era su corazón, pues su corazón era bueno.
Ella
se pasaba el tiempo en las puertas de la ciudad mirando a la gente ir y venir.
Ganaba algunos centavos cepillando sus caballos o alimentando sus animales. Ella
era una niña de establo –una niña de establo sin establo---. Pero tenía un
corazón bueno.
Ella
conocía a los mendigos por su nombre de pila. Se tomaba tiempo para acariciar a
cada perro. Daba la bienvenida a los viajeros y saludaba a los extranjeros.
---
¿Cómo fue el viaje? ---preguntaba ella.
---Cuénteme
qué aprendió en su visita.
---
¿Cómo está su esposo?
---
¿Le gusta su nuevo trabajo?
Ella
hacía muchas preguntas por que su corazón era grande y se interesaba por la
gente.
Pero
como no tenía talento ni regalo se puso nerviosa pues el rey podía enojarse.
Los aldeanos le decían que el rey querría un presente y que ella debía
decidirse a hacer uno. Así que tomó un cuchillo y fue donde su hermano, el
tallador.
---
¿Me puedes enseñar a tallar?-preguntó.
-Lo
siento –respondió el joven artesano sin levantar la vista ---Tengo mucho que
hacer. No tengo tiempo para ti. Tú sabes que el rey viene.
La
niña guardó el cuchillo y tomó un pincel. Fue donde su hermana, la artista.
La
halló en una colina, pintando una puesta de sol en un lienzo.
---Pintas
muy bien ---le dijo la niña que no tenía regalo sino un gran corazón.
---Lo
sé ---respondió la pintora.
---
¿Podrías compartir conmigo tu don?
---Ahora
no ---respondió la hermana con los ojos fijos en su paleta de colores---. Tú
sabes que el rey viene.
La
niña sin regalo recordó entonces a su otra hermana, la que cantaba. ---Ella me
ayudará ---dijo. Pero cuando llegó a la casa de su hermana, encontró una
muchedumbre a la espera de escuchar a su hermana cantando. ---Hermana ---llamó,
hermana, vine a oír y aprender. Pero su hermana no pudo oír. El ruido de los
aplausos era demasiado fuerte. Con el corazón apesadumbrado, la niña se dio
vuelta y se marchó.
Entonces
se acordó de su otro hermano. Tomó un libro con palabras pequeñas y letras
grandes y fue a verlo. ---No tengo nada que ofrecerle al rey ---dijo---. ¿Podrías
enseñarme a leer para que pueda mostrarle mi sabiduría?
El
futuro joven sabio no habló. Estaba perdido en sus pensamientos. La niña sin
don volvió a decir: --- ¿puedes ayudarme? No tengo talento...
----Vete
---dijo el estudioso, apenas sacando sus ojos del texto---. ¿No ves que me
estoy preparando para la llegada del rey? Y así, la niña se fue apenada. No
tenía nada que dar.
Volvió
a su lugar en las puertas de la ciudad y reanudó su tarea de cuidar a los
animales de la gente.
Luego
de unos días, llegó al pueblito un hombre vestido como comerciante.
---
¿Puedes alimentar a mi burro? ---le preguntó a la niña. La huérfana se puso
de pie de un salto y miró a la cara tostada de ese que había viajado tan
lejos. Su piel era correosa por el sol y sus ojos eran profundos. Una cálida
sonrisa desde debajo de la barba, entibió a la niña. ---Puedo ---respondió la
niña y llevó, anhelosa, al animal al comedero.----.
Déjemelo.
Cuando usted regrese, estará limpio y alimentado.
----Dígame
---preguntó ella mientras el burro bebía ----, ¿usted vino para quedarse?
---Sólo
por un tiempo.
---
¿Está cansado de su viaje?
---Así
es.
---
¿Querría sentarse y descansar? ---La niña indicó por señas un banco que
estaba cerca del muro. El hombre alto de piel oscura se sentó en el banco, se
apoyó contra el muro, cerró los ojos y se durmió. Después de unos minutos
abrió los ojos y se encontró a la niña, sentada a sus píes, mirándole la
cara. Ella se avergonzó de que él la hubiera sorprendido mirándolo fijo. Se
dio vuelta.
----
¿Has estado sentada aquí por mucho tiempo?
---Sí
---
¿Qué buscas?
---Nada.
Usted parece ser un hombre bueno de corazón pacífico. Es bueno estar cerca de
usted. El hombre sonrió y tocó su barba. ---Eres una niña sabia----dijo----.
Cuando vuelva, conversaremos más...
El
hombre volvió---bastante pronto.
---
¿Halló a quienes buscaba? ---preguntó la niña.
---Los
encontré, pero estaban demasiado ocupados para mí.
---
¿Qué quiere decir?
Aquellos
a quienes vine a buscar estaban demasiado ocupados para verme. Uno estaba en una
carpintería, apurado por terminar un proyecto. Me dijo que volviera mañana.
Otra era una artista. La vi sentada en la ladera de una colina, pero la gente de
abajo dijo que ella no quería que la distrajeran. La otra era músico. Me senté
con los demás y escuché su música. Cuando pedí hablar con ella dijo que no
tenía tiempo. El otro que buscaba, se había ido. Se fue a la ciudad para ir a
la escuela.
Los
ojos de la niña se ensancharon.---Pero usted no parece rey ---boqueó.
---Trato
de no parecerlo ----explicó él----. Ser rey puede ser algo solitario. La gente
actúa de manera extraña a mi alrededor. Me piden favores. Tratan de
impresionarme. Me presentan todas sus quejas.
---Pero
¿no es para eso que hay rey? ----preguntó la niña.
---Por
cierto ---respondió el rey ---- pero hay ocasiones en que solamente quiero
estar con la gente. Hay veces que quiero hablar con ellos, saber cómo fue su día,
reír un poco, llorar otro poco. Hay veces que solamente quiero ser el padre de
ellos. ---- ¿Por eso adoptó a los niños? ---Por eso. A los niños les gusta
hablar. Los adultos piensan que tienen que impresionarme; los niños, no. Ellos
solamente quieren conversar conmigo.
---Pero
¿mis hermanos y mis hermanas estaban demasiados ocupados? ---Lo estaban. Pero
yo volveré, Quizás tengan más tiempo otro día. --- ¿Te gustaría ir en mi
burro hasta el castillo?
Y
así fue que los niños con muchos talentos, pero sin tiempo se perdieron la
visita del rey, mientras que la niña cuyo único talento era su tiempo para
conversar llegó a ser su hija.
Autor:
Max Lucado.
...Dios
no quiere tus talentos...
Lo que anhela es tu corazón de niño...